El viaje hasta Madrid estuvo tranquilo, sin problemas que no tengan solución. Como primera experiencia aeronáutica fue buena. Aunque me sorprendió el hecho de que el bendito avión se moviera tanto. Mas que el chevallier que va hasta tres arroyos. En fin, aprendí lo que siente una sardina en su latita.
La salida de Argentina fue tranquila, salvo por un pequeño incidente. Llevaba conmigo el trípode de la cámara de fotos (previo averiguarme vía web lo que se puede y no llevar en el bolso de mano). El guardia de Ezeiza dijo que ese elemento no lo podía llevar y que lo tenía que despachar en bóveda. Esto a 40’ de subirme al avión que me lleva a Madrid. Por esas remotas y hermosas casualidades de la vida, el guardia era salteño, al igual que uno de los argentinos que me acompañan (que también realizarán el curso). Y como la fraternidad entre ellos es mucho mayor que la que se puede tener entre mendocinos, un pequeño gesto de “viene con nosotros” hizo que el discurso del guardia cambiara a “acordate para la vuelta”. Moraleja aprendida.
La entrada a Madrid fue aún más tranquila, ya que el ingreso lo realicé vía electrónica, con el passaporto italiano. Escaner, huella y foto. Listo. A los muchacho le pidieron hasta el talle de ropa interior. Es una cara bastante cruda la que se ve en esta parte.
Desde el mismo aeropuerto, tomé el subte con destino a la casa de los suegros de Pablo. Clave aclarar que no es subte, sino metro. No te entienden cuando decís subte, y tenés que preguntarle a varias personas hasta que una se da cuenta de lo que querés preguntar. Lo digo por experiencia. Volviendo al metro, impecable. Querés buscar ese papelito ahí tirado y no está. Y si está no dura mucho. Altísima frecuencia, y muy puntual.
Una vez en Begoña (barrio o distrito dentro de Madrid) -18hs- camino con mis casi 40kg de equipaje. Por suerte está cerca y no hay problemas. Al llegar, abrazos, saludos, plato de arroz con pollo, duchita. Silvia y Edgardo muy amables. Muy agradecido. Luego de charlas, salida.
Ronda de bares. Tapas y cañitas (cerveza). La ciudad es hermosa. Combina de forma muy equilibrada y dinámica (verán mis adjetivos, no lejos del vocabulario ingenieril) lo antiguo y moderno. Calles de adoquines (de piedra), una urbanización no planificada (propio del siglo XV aprox) que dan como resultado diagonales por todos lados, tres, cuatro o cinco esquinas, y las plazas abriendo un poco el cielo de entre tantos edificios (altura promedio 3 pisos). Aclaro que todas las manzanas de esta parte tienen varios pisos.
Alrededor de las 4am, luego de varias cañas y mojitos, caminamos hasta la plaza mayor, en la cual me di el lujo de reposar tranquilamente, tirado cual choco en La Dormida a las dos de la tarde, en el medio de la misma plaza. El lugar es mágico. No había mucha gente, por lo que se podía apreciar la totalidad de la magnitud del lugar.
Ya estamos en sábado. Tipo medio día nos levantamos, comimos algo, y nos fuimos al Palacio Real. El mismo donde vivieron el Carlos III, V, Felipe II, y valla a saber cuántos otros. Derroche de glamur, elegancia, detalles ultra exquisitos (como bordados en oro y plata, mosaicos de como 3MPx, pinturas, alfombras, jarrones, relojes –que después de 300 años aun funcionan-), y de dinero, mucho dinero. De ante salas, salas de ante salas, llegas a la sala. Donde dormía el rey, donde se vestía, donde comía, donde dormía la reina, donde comían con invitados, donde los recibían, en fin… para cada pedo una sala. Lamentablemente no dejan sacar fotos dentro del palacio, así que las que muestro son de la web. Increíble es ver la sala de armas, donde se muestran todas las armaduras que usaban los reyes (no las de guerra, sino por decirlo de alguna forma, las de protocolo, las que le regalaron, o para distintas funciones en la vida política) y las de sus caballos. Bueno, los grabados, dibujos, detallitos de cada una dan ganas de romper la vitrina y llevárselas. Es muy grande el palacio, con medio día esta jugado para ver todo. Así que dejando algunas salas de lado, fuimos al museo Reina Sofía, no sin antes pasar por Atocha (estación de tren) a sacar mi pasaje hacia Sevilla para el día siguiente. Allí (museo) se encuentran piezas de arte moderno. Como Piccaso, Dalí, Griss, entre otros. Y el arte de los años 60, caracterizado por lo bolacero que es. Las fotos sabrán ejemplificar estas palabras.
Luego de esto, qué se vino? SI!, las tapas y cañas!. Gambas (langostinos) rebosadas, salmón con queso, jamón serrano, fuá de grass, atún (el atún más rico que probé alguna vez), todo en bocadillos (pequeños sanguchitos, como pebetes). Ya esta noche no hubo mucha mas gira, pues estábamos muertos de caminar. Así que aprovechamos el último metro, que pasa a la 1:30am.
Domingo tempranito, mate mediante, charlas con la flia Moreiras, gente muy amable y atenta. Edgardo (padre) se ofrece a acercarme en el auto hasta la estación. Medio apurados pues el tren parte a las 11:00hs. Llego a las 10:45hs. Abrazos y saludos. Corriendo a la terminal con los 40kg. Llego corriendo y con 5’ de gracia. El tren se retrasa, sale a las 11:02hs.


gente! ya voy a ir subiendo mas fotos
ResponderEliminarabrzo!
A PLENO INGENIERO!! MUY BUENA LA CRÓNICA, CASI QUE PODEMOS DISFRUTAR COMO SI ESTUVIÉSEMOS ALLÁ.. UN ABRAZO GIGANTE Y SIGA RECORRIENDO..
ResponderEliminarQué lindo Pablito! Me alegro mucho! Seguí disfrutando y mandando novedades que es un placer leer sobre esas vivencias únicas...
ResponderEliminarBesos!